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30/3/15

Estoy triste. Estoy divagando.

"Miedo de mí. Cada vez que pienso en mí dejo 
de reír, de cantar, de contar. 
Como si hubiera pasado 
un cortejo fúnebre."


Alejandra Pizarnik.


El verde es más claro por acá porque el sol le pega con estridencia a todas las plantas que estallan como los platillos de una batería vieja. El pensamiento es más estrecho (tanto como el psiquiatra que escribió mucho sobre el Hachís -el papá del cura psiquiatra que escribió mucho sobre la perversión y no fue recordado por nada más-, tanto como la vida de Benjamin cuando se mató o lo mataron -gracias conspiracionistas por colorear las versiones hegemónicas del mundo-. Sabía Benjamin tanto de la paternidad como yo de ser madre o del Hachís). Me paro en la terraza y me asombro de esta gama de verdes tan estallados. Regalaría tres horas de mis manos por diez minutos de alto contraste, cambiaría cinco días de mis ojos (usando las gafas para hacerlo bien) por despertarme con el horizonte en frente y asegurarme de que hay algo más detrás de todas estas montañas. No me malinterpreten, me fascinan los gallinazos que pasan por la vida esperando por la muerte de todas las cosas con toda esa cautela, sintiendo tanto desinterés por lo vivo. Me fascina que se paren en los tejados dándole la cara al viento y que abran sus alas grandiosas y torpes sin batirlas, sin volar. Sin embargo, me gustaría verlos en el horizonte y no en el tejado de mi vecino, porque quisiera que mi vista me recordara la redondez de la tierra y no la falta de privacidad a la que estoy sometida, dada nuestra extraña situación económica que palpita como un galgo enfermo. 

Sueño con armas blancas. 

Es mucho el esfuerzo para expulsarme del cuerpo y los resultados son nimios, lo mismo que un pan con vino: una ofrenda inútil en una ceremonia universal de atavíos y naturalizaciones, de jugar a ser algo sin saber que se está jugando. No puedo, no puedo, no puedo expulsarme del cuerpo. Estoy atrapada conmigo y me frunzo tanto como los frutos secos.

Aquellos que fuimos niños al tiempo sabemos añorar porque crecimos enraizados en la nostalgia de todas las fotos que nos rodeaban, de todas las grabaciones que pululaban en las rocolas y ahora invaden las PCs. Terminamos sumergidos en días viejos que hoy huelen a polvo y a polilla y a lo que tenían mis papás en la biblioteca de la casa en la que crecí, atestada de libros que jamás leyeron. Pienso en nosotros que somos hermosos, que estamos hechos de luz y de fermento y de estratagemas imperdibles para fracasar y arder y enamorarnos de tanto éxito -o no-, con hígados enfermos que la comida saludable no va a sanar. Pienso en nosotros que subimos de peso con horror y que bajamos con orgullo, que supimos primero qué era tonificar y después aprendimos de trámites, de impuestos y de la bendita declaración de renta.


Le hablo a una niña de tres años que no es una proyección de mi infancia sino más bien una proyección de otra mujer, y le digo con un cariño que me es ajeno: "Tú eres tu propio "yo" y yo soy mi "yo" también. Todos los que hablamos somos "yo" y algunos pocos afortunados, como tú o como yo, somos "tú" también." Me mira y abre los ojos de los ojos. La llamo "tú" y se enciende una llama roja en mi entrecejo.

Los pueblos me dan golpes en la vida:


Siento que se estrecha el pensamiento en un espacio estrecho.

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