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24/3/15

Dispongo de cincuenta y ocho minutos para sentirme mejor con esta piel.

Soy un poema que no se deja editar, que se autodestruye, que se entrega, que se moja, que se quema, que se borra. Soy -por encima de todas las cosas- un poema que se borra. Pienso en los libros y en los valores y en todas las cosas absolutas -que no son vodka-, pienso en ellos porque en ellos se piensa cuando se siente tanto y la razón no media, excepto para evaluar con lástima a quien ha leído mucho sobre aquello que no deja de sentir como propio aunque comprenda que se trata de una construcción social, de una serie de ejercicios de poder sobre los cuerpos que creen que son más que un cuerpo. Mi religión es ese abrazo a las tres y cuarenta y cinco de la mañana cuando siento frío y la cobija no basta, y el recuerdo caliente de mi perro no basta. Siento el aire del ventilador y deseo que haya silencio. Quiero invitar a todas las personas que conozco a que vayan conmigo a un lugar para hacer el silencio más grande del mundo, un silencio nunca antes oído porque lo necesitamos, porque comprender el carácter normalizador de los valores y de las categorías no parece aliviar lo que se tensó con heridas y rasguños y gemidos y palabras. Sobretodo, aquello que se tensó con palabras. Así que busco al silencio como a un niño en la aurora, dormido, para que me devuelva a los días sin las palabras. Creo que si callamos juntos sobrevendrá el fin del mundo, y entonces la soledad, y entonces la calma.

Me disocio, me veo hablándole a mi esposo y siento, de repente, mucha lástima por ambos. Me ahogo con las palabras que expulso por mi boca, como esperando que adquieran una suerte de sentido. Él me mira y me mira y me mira y lo imagino viviendo una vida que no viví. Nos veo tan ajenos que sólo quiero que hagamos la siesta. Quiero acostarme junto a él y sentir que nada importa pero lloro cada vez que lo hago porque así es mi costillar: un perro callejero lleno de heridas autoproclamadas, quizás autoinfligidas. Estamos tan lejos y es tan triste porque llevamos, como una flor prendida del pecho, el anhelo de estar cerca. El tiempo está desplazándose hacia la derecha mientras nosotros anhelamos. De repente, en medio de una oración en la que sostengo mi útero en la mano izquierda, él cae profundo en un sueño de leche y abducciones.

El futuro 
El presente
El pasado

Camino para atrás. El progreso está en mi espalda y se recuesta en mi coronilla y me hace mirar para arriba y ahogarme de nuevo porque no sé qué digo y porque no puedo evitar la serie inconsecuente que es mi vida ahora. Me devoro de una manera que no conocía. Crece el pelo, quiero más. Crecen las uñas, quiero más. Bajo de peso, quiero más. Escucho una historia, quiero más. No me sacia nada que no me duela. Me alivian los poemas porque tienen el aliento de la libertad y suenan como las celdas.

Mi ethos es el del editor, mi ethos es el de la falta, mi ethos es el de la silla turca o el túnel carpiano o el de soñar hacer algo con las manos pero hacerlo todo con la voz. Soy un amplificador de guitarra pequeño. Estoy gritando todo el tiempo. Si me acaricio el cabello, grito. Si apago el celular, grito. Si lloro, grito. Si río, grito. Otro niño grita, ¿por qué gritan tantos niños? Otro niño llora, ¿por qué lloran tantos niños? Si mis hijos fueran, ¿serían niños?

Mi costillar es la proteína que no ingieren quienes mueren de desnutrición. "Compré alas para comer", me dice. "Tú eras el que volaba", pienso. Siento una brisa eterna en mi garganta, como si mis palabras fueran el invierno. Está nevando en donde piso y hablo para no escucharme. ¿En dónde está el silencio? Quiero asistirlo y maravillarme. Recostarme en el mutismo (que es helado como mi voz) y dormirme en él, dibujando infinitos con el movimiento de mis pupilas.

Digo mi nombre en voz alta "Ana", lo repito "Ana". No aparece nadie en el espejo. Esta niña que me mira desde las ventanas se ve como una vieja y es despreciable como un pájaro mudo con las alas en perfecto estado: ¿para qué volar si no se puede cantar? Hablo y salen todos los gritos y no es bello, no estoy salvando algo. Estoy midiéndome. Estoy midiéndome. "El amor es un límite y nos mide". Los hijos bastardos de Bukowski lo saben, lo saben, lo saben. Yo me veo en el brillo de las frutas y desde que pronuncié las primeras palabras no ha pasado más que tiempo. Cuando aprendí la palabra "natural" me volví asfalto. Lo que vieron quienes miraron para atrás en la destrucción de Sodoma y Gomorra, fue palabras. Después del primer significante, la naturaleza se convirtió en un sueño y el suelo que piso no es más que cinco letras que no puedo encontrar en mis nombres. 

Digo mi primer nombre en voz alta porque, así no quiera, no sé cómo más persistir en la existencia

"Ana", "Ana", "Ana"

desde el silencio que vive entre las palmas de mis manos
un poema responde.

1 comentario:

  1. "No me sacia nada que no me duela. Me alivian los poemas porque tienen el aliento de la libertad y suenan como las celdas." !

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