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17/1/15

No ser madre o la plegaria de la microdosis.

Las madres son garzas. No soy una garza. Soy un árbol que bate sus propias hojas y suena como los alaridos de dios. Quiero sentir que baño de silencio al mundo que no me mira y que no me conoce y que me llora cuando me siente. Las madres son garzas y se dan enteras para redimir el daño de la existencia. Yo soy una luna que no da leche a menos que sea por medicamentos horrorosos que dicen mover neurotransmisores perezosos y que no quiero volver a ingerir –jamás-. Las madres son un cuerpo extendido en otros cuerpos, un cuerpo dividido. Soy la brisa de la tarde y las cucharadas de la sopa del almuerzo. Una estrella me sale por la boca cada que escribo la ruta de mis entrañas. Las madres son las que no se van. Me voy, me voy, me voy. Las madres sueñan a sus hijos como mi madre me soñó a mí. Antes o después, las madres sueñan a sus hijos que suenan en sus cuerpos como canciones de fuego. Las madres son los pétalos del viento. No soy un pétalo del viento, soy un pétalo de sal y Fito Páez me canta y no me importa si no lo sabe. Amo a mis hijos en tres hileras de siete pastillas que tomo durante veintiún días de cada mes. Están libres de mí, mis hijos. Soy Ana y me ilumina la microdosis. Las madres son garzas y mi útero: un fósforo que se apaga.

2 comentarios:

  1. Uf Ana!!! de acuerdo y me encanta leerte, te recuerdo mucho!!.

    Ana.

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  2. Gracias por leer, Anita. Abrazo.

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