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3/10/14

Le quito lógica a la terapia psicológica y me veo.

Son las dos y dieciocho. No llegó la paciente. 
              ¿Paciente quién?, ¿ella o yo? 
Miro la agenda y leo el nombre del paciente de las tres. 
              Reincidente aprehendido hace tres días.
No vendrá tampoco.
              
¿Paciente quién?, ¿él o yo? 

Leo el nombre de quien vendrá a las cuatro y cuento mis dientes con la lengua (catorce arriba, dieciséis abajo). Busco caries pero no sé con certeza si las encontré o no.

Estoy viviendo una vida que no quiero vivir
-porque prefiero contar mis dientes que llenar formatos
                                                                aplicar pruebas
                                                                ir al último simposio de farmacodependencia-

y para consolarme pienso en la nevera de mis padres
   ésa que será nuestra nevera
pienso en abrirla y encontrar en ella -congelada- esa vida que no comenzamos todavía
porque debo venir a trabajar en algo que no quiero
y que no sé hacer. 


Soy un peligro y lo sé, eso mitiga el riesgo
                                                                  creo.


Elijo una casa y una familia
elijo la poesía que no sé escribir
y la que vivo cuando me siento a sumar las placas de los automóviles
mientras el viento me arrebata el polvo facial
y la pestañina me pega las pestañas.


La señora que vendrá a las cuatro está triste y no llora
me habla y riega el alma en cada palabra que dice:

   casa y gimen sus sueños
   esposo y se cierra la puerta de una jaula oxidada
   hijos y cruje su útero
   madre y tintinea el remordimiento


                 silencio, interrumpe un recuerdo


   libros y le reptan letras por el cuerpo
   música y silencio.


Todas sus palabras son una lágrima del cuerpo
yo la miro y me parto en pedazos que la quieren recoger y fracasan.


Sólo puedo escucharla porque no tengo un dios a quien pedirle por su sosiego
                                      porque no tengo un dios a quien pedirle que alimente a sus hijos
                                      
porque no tengo un dios a quien pedirle que le dé un respiro.     
.

¿Para quién es la terapia?
Ella habla y yo cuento las lágrimas que devuelvo del abismo de mis lagrimales
las siento retroceder, bajar por mi garganta enferma de mudez
y asentarse en mi estómago enfermo de negligencia.


¿Qué hago aquí?


Esta gente se muere por dentro y yo me entrego.


Necesito correr a la casa de mis padres. Necesito abrir la nevera y soñar.

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